Maurice Ravel en Barcelona
Maurice Ravel tuvo ocasión de conocer al Orfeó Català en París, en 1914, donde brindó diferentes conciertos. Allí, charlando con Frederic Lliurat, Lluís Millet y otros, Ravel ya mencionó su deseo de animarse a componer música coral.
En el primer tramo de los años veinte, Ravel era uno de los compositores franceses más relevantes, o el que más, con una atrevida producción pianística a sus espaldas, Daphnis et Choé y demás obras.
Durante aquella época la Associació de Música da Camera, nacida en 1916 y con ímpetu noucentista, planeaba traer los más grandes compositores del momento a Barcelona. A tal fin, Manuel Clausells, secretario de la Asociación, escribió a Ravel entre los meses de septiembre y noviembre de 1923 proponiéndole que viniera. Inicialmente se pensaba en el mes de febrero, pero aplazamientos e indisposiciones acabarían retrasando el evento hasta el 18 de mayo de 1924. Sus protagonistas fueron la soprano Marcelle Gerar, el violinista Marius Casadesus, el violonchelista Maurice Maréchal, el pianista Robert Casadesus, así como el propio Ravel.
El programa incluía tres partes: en la primera, su Trío (1918), voluntad de Ravel que la Asociación modificó, aunque Ravel exigió que fuese respetada; en la segunda, Gaspard de la nuit (1908) y Shéhérazade (1903), con textos de Tristan Klingsor, mientras que la tercera parte comprendía Berceuse (1922), Tzigane (1924), primera audición en España, Ronsard à son âme (1924), Sur l’herbe (1907), con texto de Verlaine, y la Sonata para violín y violonchelo (1922).
La visita de Ravel generó una innegable expectación entre los filarmónicos. La crítica relató que así como una parte del público disfrutó con entusiasmo, otra no fue muy respetuosa, y entre el Tzigane y el final de la Sonata muchos asistentes se fueron. Una imagen triste para un Ravel que aseguraba en una carta que en aquellos días estaba exhausto.
Está la anécdota que, paseando por la Rambla, el violinista de un café le reconoció y le tocó su Habanera; Ravel le pidió a continuación si podía tocarle jazz (experimentaría en breve en sus obras), pero el músico no tenía ninguna formación.
Aquel episodio raveliano contrasta, atendiendo a las crónicas, con brillante sesión que le ofreció dos días después el Orfeó Català. De todo lo que maravilló en París, lo único con el que se reencontraba es con el Canto de la Senyera, y el Credo de la Misa “Papa Marcel” de Palaestrina; el resto (exceptuando las obras de los franceses) fueron novedades para el compositor, con un programa en el que abundaban obras de talentos incipientes como los maestros Pérez Moya o Alfonso.
Especial significación tenía la interpretación de las propias Trois chansons del compositor, las cuales el Orfeó había ido incorporando a su repertorio desde finales de 1923. La contralto Concepció Callao, acompañada por la maestra Antonia Sancristófol, ya habían interpretado alguna en junio, con una traducción del texto apenas hecha.
Fuertes aplausos y mucho calor hubo en esta sesión. Ravel fue muy aplaudido y tuvo que subirse al escenario. La prensa hizo elogios, a menudo en clave patriótica, en el Orfeó, así como en las pequeñas obras corales de Ravel. Según una crítica, Ravel afirmó que estas canciones suyas el Orfeó Català "las ejecuta como yo no pudiera soñar", y de manera no demasiado diferente es como lo expresó en la grata dedicatoria que dejó en el libro de firmas.
“À l’Orfeó Català,
un souvenir inoubliable de la parfaite et profonde interprétation des 3 chansons
Maurice Ravel”
Puede descubrir más información sobre Ravel y Barcelona en este exhaustivo artículo:
Codina Fibla, Josep Maria. «El Festival Ravel de Barcelona i el seu ressò crític (1924): estat de la qüestió i indagacions». Revista Catalana de Musicologia, 2020, vol.13, p. 317-44.